La restitución a Atenas de los mármoles de la Acrópolis

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En 1801, el embajador británico ante el Imperio otomano ordenó desmembrar el Partenón de Atenas y el Erecteion, dos templos inigualables. Lo hizo sin permiso, con utilización de continuos sobornos y con el único fin de adornar su mansión en Escocia. Ese hombre se llamaba Thomas Bruce, séptimo conde de Elgin.

 

Ante la reivindicación griega para que esos mármoles regresen a Atenas, el Museo Británico alega de forma recurrente que su aceptación implicaría la llegada de una avalancha de reclamaciones similares. Es una tesis absurda ya que no existen otros casos comparables. Los argumentos a favor de la restitución no guardan relación con las peticiones de descolonización de los museos ni nada de eso. Se centra estrictamente en la ilegalidad del proceso con el que se llevó a cabo la salida de las esculturas de Atenas.

 

Precisamente, ahí está la clave de todo este asunto: en el título jurídico. En otros casos similares sí pudo haber una compra, una donación, una permuta o incluso una apropiación en un momento en el que un territorio formaba parte de otro. Pero aquí no hay nada de eso. Lo único que hubo fue un engaño, acompañado de sobornos, de un lord británico, un hombre ambicioso que actuó en un estado extranjero valiéndose de un contexto internacional favorable y que aprovechó su cargo de embajador británico para sus propósitos personales.

 

Hay además otro punto crucial. Aquí no estamos hablando del destino final de un bien mueble. No se trata de un cuadro de Velázquez o de una escultura de Rodin, que podrían estar en un museo o en otro sin que la obra en sí se vea perjudicada en su esencia. El asunto radica en el hecho de que el Partenón es un templo, una sola obra arte; un edificio que fue dotado de una colección escultórica que da sentido al conjunto. Si no lo contemplamos como un todo, jamás entenderemos su mensaje, su propia concepción como creación artística. Cuando vemos sus frisos fuera de su ubicación, no apreciamos el hecho de que esos bajorrelieves representan, por primera vez en la historia, a hombres y mujeres corrientes, y que fue un gran atrevimiento mostrar a los habitantes de Atenas en un lugar sagrado. Por ello están ahí, en la gran procesión en honor a Atenea, sin que apenas resalten, semiocultos por las columnas exteriores, sin pretender hacer sombra a los dioses. Tampoco podemos percibir que, por encima de ellos, en las metopas, aparecen los héroes, aquellos semidioses que libraron a la ciudad de la barbarie al derrotar a centauros, a gigantes, a amazonas y a persas. Ni nos daremos cuenta de que los frontones están reservados a los dioses, ya que ése es el espacio que se encuentra en la parte superior del templo, el más cercano al cielo.

 

Todo el Partenón es una celebración de la victoria sobre los persas y una exaltación de la democracia, un sistema de convivencia en el que, tal como Pericles proclama, “la igualdad, conforme a nuestras leyes, alcanza a todos los ciudadanos” Solo el Museo de la Acrópolis está concebido para que todo el mundo pueda advertir la disposición en niveles del conjunto escultórico del Partenón y el mensaje que sus grandes creadores quisieron difundir.

 

En esta nueva edición de “Grecia nos habla” hemos visto la historia de este saqueo y los fundamentos jurídicos para la restitución de los mármoles de la Acrópolis a Atenas.

 

La conversación con María Vicenta Porcar y con el escritor y naturalista Carlos Micó se puede escuchar (y ver) a través de estos enlaces:
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